El Emisario Independiente


México, en un futuro lejano es un lugar moderno, diferente, el culto a la tecnología ha cambiado a la sociedad. Los espacios naturales son un lujo, la industria los tomo todos, pero en la península de Yucatan existe una reserva que logro su autonomía, mediante la lucha, siendo la única que enfrento a los neo-narcos que esperaban tomar la última reserva natural en México.

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Alrededor del año 2051, la organización Respira Verde (una ONG fachada del grupo México, gestor de mineras) encontró un grave problema con su área natural explotable número 26, con sede en la península de Yucatán. Para entonces, Respira Verde era el segundo titular con más tierras naturales para aprovechamiento industrial del país y el que más había logrado apoderarse de la península. De pronto, sus tasas de generación de oxígeno cayeron en picada en esas tierras y eso le implicaba a Grupo México la necesidad de reducir sus emisiones por su actividad minera. Ese año, no podían darse el lujo de contraer sus expectativas de crecimiento, por sus planes de expandir su presencia en los pocos terrenos que les habían concedido para explotar en la Luna. 

Jacinto Larrea, director del corporativo, ordenó una comisión para investigar las causas de esa caída. El equipo designado, en su recorrido por la zona, comenzó a sufrir quemaduras por causa de un agente que parecía encontrarse en el aire y sus integrantes tuvieron que regresar. Un segundo recorrido, en el que los encargados de la inspección llevaban trajes bacteriológicos con sellado atómico magnético, no encontró, al principio, nada inusual: la vegetación y la fauna aparecían intactas, nada que indicara la presencia de agentes patógenos, radiación o algo parecido. Recolectaron unas cuantas muestras de suelo y vegetación y regresaron. 

 En el laboratorio, después de meses de análisis que no parecían llevar a nada, las primeras pruebas con piel humana (tejidos que se mantenían vivos sin cuerpo, desarrollados para fines experimentales) dieron con la clave: la vegetación en esa zona había desarrollado la capacidad de secretar toxinas que parecían dañar solamente la epidermis de los seres humanos y ningún otro tejido de otros organismos. Esto parecía ocurrir en un perímetro bien delimitado, en torno al ejido de Xcalakdzonot. Dentro de él, en un área de alrededor de 7600 hectáreas, se había vuelto imposible registrar las emisiones de oxígeno a la atmósfera, por la destrucción de los sensores que hacían esa función. Todo apuntaba a que la población de ese ejido era la culpable, pero aún había muy pocas cosas claras.

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El caso que detonó la insurrección de los habitantes de Xcalakdzonot contra los cárteles traficantes de la teleexperiencia fue el del niño que llegó a ser conocido como Pablo M. En general, estos cárteles hacían levantones imprevistos, en los que se llevaban a uno o varios niños y les devolvían algunos días después. Durante ese tiempo, eran llevados a laboratorios semiclandestinos en los que se les sometía al proceso conocido como “asimilación neuronal”: se les conectaba a escáneres cuánticos que rastreaban sus memorias recientes, para almacenar éstas en “contenedores”, que eran una especie de repositorio de experiencias. Estas experiencias eran el producto principal traficado por los cárteles.

Después de varias sesiones de escaneo, que podían alargarse por diez o doce horas, los niños explotados de esta manera llegaban a sufrir daños neuronales, muchos de ellos irreparables. Este patrón se repetía por las ciudades y pueblos del sureste y la península de Yucatán: niños que eran arrebatados por brazos mecánicos que salían de coches sin chofer, imposibles de rastrear por su falta de identificación visible y su escudo anti-GPS (dos cosas que iban contra la ley vigente, pero que eran, en los hechos, permitidas por las corporaciones que administraban los territorios). Luego, los niños aparecían a kilómetros de sus casas, varios días después, sin ninguna memoria de lo ocurrido. En ocasiones tardaban varios días en ser capaces de hablar de nuevo o les tomaban semanas o meses volver a realizar tareas complejas como las escolares. 

De vez en cuando, algunos barrios o pueblos se organizaban para atacar cualquiera de estos coches a distancia, con armas clandestinas, en cuanto veían uno rondando por las inmediaciones de su comunidad. Pero las redadas que seguían a esto, que incluían golpes, detenciones ilegales y no pocas veces, muertes, desmantelaban la resistencia y los cárteles retomaban su actividad.

Un caso extremo de esto fue el ejido de Xcalakdzonot. Ahí, una población inusualmente bien organizada impidió la entrada de estos coches sin chofer durante meses y luego, ante la redada que organizó el gobierno local (gestionado por el corporativo minero Grupo México), un asedio que duró varios días, se llevaron a decenas de niños de la población. Al parecer, el objetivo ya no fue lucrar con sus memorias, sino una represalia: cuando al fin fueron devueltos, al cabo de varias semanas, los niños habían perdido gran parte de sus funciones básicas. La mayoría de ellos no volvió a caminar o a comer por su cuenta.Uno más, Pablo M, regresó en estado de coma y murió unos cuantos días después. Dos de ellos, de hecho, nunca volvieron.

El caso de Pablo M se volvió la chispa que encendió a la comunidad. Armados con dispositivos creados en sótanos del pueblo (sobre diseños que circulaban entre insurgentes de diversos países) que operaban con radiofrecuencias, ultrasonidos y otras técnicas altamente destructivas pero difíciles de rastrear, armaron una estrategia de ataques “fantasma” a los vehículos y robots de vigilancia que había en su territorio. Luego, se atrincheraron y esperaron el ataque. Lograron tomar presos a varios mandos policiales (humanos), algo que obligó a las autoridades a negociar con ellos. Para entonces, el ejido había hecho un trabajo de redes con algunos de los pocos medios de comunicación que continuaban teniendo cierta independencia frente a las empresas que gestionaban los gobiernos. El asunto había llamado la atención internacional y esta vez, no había puerta abierta para que se enviara una represión mayor. Fue el principio de un proceso que eventualmente llevaría a Grupo México a retirarse y a continuar solamente con las actividades de explotación económica “legal”. Aunque se sabía que este corporativo era aliado en los hechos de los cárteles, estos últimos tuvieron que dejar en paz a Xcalakdzonot, por una especie de pacto no escrito.

Uno de los medios de comunicación que empezó a cubrir la lucha del ejido fue El Emisario Independiente. Este diario, que comenzó sus días en la clandestinidad, fue después adquiriendo un perfil más alto, en tanto cada vez más gente recurría a él, como un medio confiable que no respondía a los intereses de los corporativos que tenían el dominio territorial.

El Emisario fue una pieza clave en la difusión de la brutalidad con que los corporativos, en mancuerna con los narcos, imponían su dominio en áreas cada vez más amplias del territorio. La prensa independiente aprovechó la apertura de este canal y otros medios comenzaron a ser parte clave de la resistencia en varios sitios.

En este proceso, el ejemplo del ejido de Xcalakdzonot se sumó a la concientización vía periodística y hoy se reconocen como parte clave de la serie de procesos que se echaron a andar en todo el país, para cambiar el régimen de propiedad territorial y el desmantelamiento de la gran industria, que por décadas había arrollado al medio ambiente.

Una nota de El Emisario, en especial, fue clave en esto: la publicación de una efeméride que conmemoró el aniversario de la autonomía territorial de Xcalakdzonot. Esa nota, que al principio pareció marginal, se volvió después un símbolo del inicio del cambio: a partir de ahí, la balanza de fuerzas se inclinó hacia las comunidades que luchaban por su autonomía territorial.

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El Emisario Independiente fue también el primer medio que documentó la forma en que operaban los cárteles traficantes de la neodroga conocida como “teleexperiencia”, una forma de “trasladar” una memoria, casi intacta, a otro cerebro. Este producto, una especie de metadroga, en los hechos funcionaba como una forma de trasplante identitario temporal, era conocida en la calle como “microtúnel”.

(Era parte de la familia de las llamadas neodrogas, un grupo de fármacos personalizados, que también incluía una sustancia conocida coloquialmente como “calaquita”, un poderoso sicotrópico que se administraba junto con un choque magnético hecho a la medida del usuario, y que producía la muerte cerebral durante unos minutos. Después de esa experiencia, el cerebro volvía a reactivar sus funciones. Al volver, el sujeto había vivido la experiencia de la muerte, aunque no siempre lograba retomar todas sus funciones. A pesar de eso, el efecto era tan poderoso que mucha gente no lograba resistirse).

El Emisario Independiente logró encontrar las partes claves de la trama mediante la cual los niños eran sustraídos y usados para el fin de obtener la experiencia base, que luego era vendida por cientos y a veces, miles de dólares.

En esos días, el Emisario era un diario elaborado en varios sótanos, por editores y reporteros anónimos, que trabajaban sin dejar rastro en la red. Era apenas el principio de la reputación que amasaron a lo largo de los años siguientes.